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Los socorristas continúan las tareas de rescate mientras se apagan las últimas esperanzas en Venezuela

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CARACAS.– José Mesa mira de vez en cuando el video de su hija, Lía Valentina, de tres años. Se lo hicieron sus abuelos unos minutos antes del doble terremoto del Día de San Juan, con la boca manchada de chocolate, tan feliz, rebosante de alegría. Después el mundo se vino abajo.

El edificio El Jurel, en Playa Grande, aguantó las embestidas brutales de la naturaleza pero lo hizo a duras penas, retorciéndose de forma siniestra. Hoy parece como si un gigante se hubiera sentado encima de él.

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Desde ese día su padre lucha contra el destino y lo hace con sus manos, con los arneses y las cuerdas que le han traído voluntarios y amigos. Su subida hasta el piso 11 donde están Lía y sus dos abuelos es mucho más que temeraria, se juega una y otra vez la vida.

“Si los conseguimos y están muertos, pues te resignas, pero no somos Dios para saberlo. Incluso hemos conseguido con vida a la perrita de Lía, que estaba más abajo. Hay apartamentos que tienen cámaras de aire, los llaman triángulos de vida. Para mí Lía Valentina está viva y voy a seguir luchando”, asegura Mesa a LA NACION, con esa fe inquebrantable exclusiva de padres y madres.

El Ministerio de Comunicaciones dijo este sábado que son 2954 los muertos confirmados, con otros 16.592 heridos. Muchos de los sobrevivientes quedaron en la calle o en precarios refugios en parques sin un futuro claro. El gobierno contabiliza más de 16.000 personas que quedaron sin vivienda, también en cifras provisorias.

Los equipos médicos han atendido a 22.445 personas ⁠y se han movilizado cerca de 30.000 ⁠funcionarios, así como 3281 rescatistas internacionales. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, subrayó la labor de los extranjeros.

“Salieron de sus países para venir a dar una mano solidaria al pueblo venezolano. Esta es la solidaridad universal que debe inspirar a los pueblos del mundo», señaló. Sin cifras oficiales de desaparecidos, la ONU estima que puede haber hasta 50.000. El gobierno también indicó que tras los dos terremotos de 7,2 y 7,5 grados del 24 de junio se han registrado 942 réplicas.

Lucha contra el desamparo

La lucha de José Mesa y tantos otros también lo es contra el desamparo, pese a que ya han pasado diez días de la gran tragedia.

“Nadie nos colabora para subir a la estructura, pero allá arriba hay muchas personas todavía. Nos sentimos solos, con apenas nuestras manos, haciendo lo posible. Sólo voluntarios que han apoyado con herramientas y comida. De parte del gobierno, nada, ni rescatistas. Necesitamos máquinas, una grúa telescópica. Se lo agradecemos, por favor”, describe el padre héroe, cuya voz pudiera parecer resignada ante el dolor, pero sus actos demuestran todo lo contrario.

A lo largo y ancho de La Guaira, en la zona cero de una de las mayores tragedias naturales del continente, florecen miles de historias como la de José y Lía. Equipos de rescate luchan todavía en algunos lugares con sus milagros para un país que los necesita más que nunca. Pero hay muchas zonas abandonadas a la mano del Dios que tantas veces citan los venezolanos. Hay gente que incluso contrata maquinaria pesada en otros puntos del país ante la inasistencia del Estado.

Elide Castillo se acerca al reportero, también quiere que se conozca “mi triste historia”. Cuando la mujer llegó desde Valencia para asistir a su familia conoció su destino gracias a vecinos como José, quienes durante horas escucharon los gritos y lamentos de su yerno. “Permaneció dos días y medio con vida, atrapado entre los escombros. La solución era amputarle una pierna, pero lo dejaron morir”, confirma la mujer.

El relato es tan escabroso que el nudo de la garganta se vuelve insoportable. “A mi nieto de 18 años sí lo rescataron y lo llevaron al Hospital Naval y también lo dejaron morir. No había ni suero, ni oxígeno. Falleció a las diez horas. Mi hija, mi yerno y mi otro nieto siguen ahí dentro, pero se los ve. Sólo me han entregado una mano de cada uno, se las amputaron como prueba para el CICPC (policía judicial)”, explica con rabia.

Los dos vecinos coinciden: “No queremos que haya más muertos (por lo peligroso del rescate), pero tienen que conseguir una forma de sacarlos”.

La carrera contrarreloj no ha cesado, aunque se haya traspasado esa barrera famosa de las 100 horas. Tanto Elide como José se rebelan al ver cómo distintos cuerpos gubernamentales presencian sentados y en la distancia su lucha por la vida y la dignidad. “Que no pierdan la esperanza. Dios sigue regalando vida”, apunta la médica Mariannys Ortiz, que ha llegado desde Anzoátegui (a cinco horas) con varios compañeros para asistir in situ a sus hermanos venezolanos.

Es la misma esperanza que guardan en sus corazones Daniel Fernández, padre de Emmanuel (diez años), y Norma Rojas, la madre de Diego Casella (20), ambos desaparecidos en las torres semidesplomadas del urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi, en Catia La Mar.

Emmanuel estaba jugando con cuatro amigos cuando estalló la tragedia. Algunos los vieron en la cancha de abajo, otros en la casa de uno de ellos. Su familia ha pegado carteles por toda la zona y ha acampado justo en frente del inmenso bloque, que exhibe en sus entradas destruidas la vida de todas esas familias.

“Yo mismo ando buscando entre los escombros a mi chamo (chico). Y hemos sacado a bastantes, vivos y muertos”, asegura Daniel a este medio.

Norma Rojas está tan indignada que elige al reportero para que el mundo conozca sus distintas desgracias. Por fin ha logrado dormir en una colchoneta donada por la Iglesia porque previamente le habían negado un colchón por no ser del gobierno. La mujer se encaró frente a un grupo de agentes gubernamentales, que se pasean con sus fusiles o permanecen sentados mirando sus teléfonos, y los reconvino: “¡Hagan algo! Parecen muñecas de porcelana”.

“Yo voy a sobrevivir para denunciar todo esto”, sentencia Rojas con su cóctel de emociones, tanta ira como dolor.

Los ánimos en la playa de Puerto Viejo son muy parecidos, entre el desamparo gubernamental y la solidaridad humana. En el hotel de enfrente han porfiado varias veces porque un hombre se ha querido quitar la vida tras perder a su mujer y a todos sus hijos. Esa construcción está marcada con los códigos de colapso o destrucción, pero en las últimas horas han aparecido otros mensajes en forma de pintadas a lo largo de la misma calle: “Necesitamos agua y comida. Ayuda urgente”.

“Estamos abandonados por el Estado, pero ya hablan de que van a hacer un censo. No nos traen agua, no tenemos luz. Sólo la gente de nuestro pueblo y los de allá (se ven milicianos al fondo) simplemente están allí, sin hacer nada”, subraya Andreína, madre de dos adolescentes que, con heridas, huyeron del segundo terremoto.

Esta familia vive sobre la arena de la playa de Puerto Viejo, que hasta hace diez días era un lugar cotizado para bañarse y comer algo en su chiringuito. La naturaleza ha dejado de exhibir allí sus bellezas para demostrar, una vez más, su furia.


Fuente: La Nación

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