Las casas pueden desvanecerse sin previo aviso, dejando tras de sí solo un vacío. Esto fue lo que motivó a Experiencia Laberinto a llevar a cabo una intervención artística inusual: no buscar la conservación de un espacio, sino aceptar su efimeridad y transformarlo en un lugar de reflexión y memoria.
La muestra, titulada Ecos del tiempo en una tarde de domingo, abrió sus puertas en un barrio donde dos pequeñas casas, conocidas como «las casitas», fueron el escenario de una experiencia única. Durante tres días, artistas, fotógrafos y miembros de la comunidad recorrían libremente las habitaciones, la cocina y el jardín, otorgando a estos espacios deshabitados una nueva vida.
Los visitantes podían observar cómo las paredes y los objetos en desuso se convertían en parte del lenguaje artístico, fusionándose con fotografías, intervenciones y grafitis que contaban historias de quienes alguna vez habitaron esos espacios. La exposición no solo mostró obras, sino que transformó el espacio en una obra en sí misma, borrando las fronteras entre arte y arquitectura.
Paula Palavecino, fundadora de Experiencia Laberinto, destacó que la muestra es la acción en sí misma. Cada habitación dialogaba con las obras de 22 artistas, quienes, a través de la fotografía y otras instalaciones, lograron resignificar el entorno. Ana Sánchez Zinny, una de las colaboradoras del proyecto, mencionó que el resultado fue un recorrido en el que las obras transforman el espacio, mientras que este a su vez resignifica las obras.
Una de las artistas participantes, Ana Zorraquín, compartió un momento conmovedor: una mujer que reconoció la casa donde había vivido años atrás prefirió quedarse en la puerta, recordando su pasado. Este encuentro simboliza cómo los espacios cargan con la memoria de sus habitantes, y cómo esa historia se entrelaza con el arte.
La experiencia también refleja un fenómeno más amplio en la zona metropolitana, donde las viviendas familiares están siendo reemplazadas por nuevas construcciones. La intervención artística, lejos de ser nostálgica, invita a reflexionar sobre la identidad de un lugar que deja de existir y qué permanece vivo después de la demolición.
El cierre de la muestra fue un acto simbólico: un apagón que permitió recorrer las casas únicamente con linternas, creando un ambiente de despedida. Este ritual final propició que cada visitante pudiera reconstruir el espacio desde una nueva percepción, como un último intento de retener los recuerdos antes de la desaparición definitiva.
La exposición Ecos del tiempo en una tarde de domingo no solo buscó dejar una huella, sino también interpelar a los espectadores sobre la efímera naturaleza de los espacios y las vivencias que en ellos habitan. A través de esta experiencia, se plantea una reflexión sobre las memorias que construimos y cómo estas pueden perdurar más allá del tiempo y del espacio que ocupan.
Fuente: La Nación






